viernes, 22 de mayo de 2015

Hace horas no ha parado de llover.

Hoy, como tantos otros días, me he levantado sin ganas a desayunar, he puesto un capítulo de mi novela y me he puesto a mirar.
Parece un día igual a cualquier otro, pero con un tinte diferente, un tinte gris sobre el cielo y unas cuantas gotas golpeando contra la ventana.
Existe una cierta contradicción en mi en cuanto a los días de lluvia. Amo los días de luvia. Es en estos días que decido encerrarme a mirar series, películas,
leer quizás. También, es en estos días que siento más ganas de escribir, de contar lo que me pasa, convencida de que alguien en algún lugar remoto de este planeta está leyéndome.
Pero también los días de lluvias llegan y traen consigo una sensación de vacío, un manojo de tristezas. 
Es en los días que mas amo cuando me dejo caer en la decadencia. Tazas vacías, libros desparramados, frazadas por todo el piso de la habitación, pies descubiertos y pelos alborotados.
Hay veces que para apagar la tristeza, le pido al cielo que la lluvia suene más fuerte que mis pensamientos, aunque no siempre funciona. Quizás alguien quiere que yo misma me escuche. 
Y me despido por hoy, dejando esta entrada inconclusa. Porque así me siento en estos días, inconclusa. 

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